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El valor de ir un poco más allá: cuando uno más uno es más que dos

Alejandro Butlersetiembre de 2026

Hace unos días me encontré con una conversación de Sam Altman, cofundador y CEO de OpenAI, con estudiantes de Stanford que me dejó pensando en un concepto que viene del desarrollo de la inteligencia artificial, pero que probablemente diga bastante sobre muchas otras cosas: las propiedades emergentes.

Altman habla de la escala. Dice que muchas de las cosas más interesantes que observó en su carrera estuvieron relacionadas con “propiedades emergentes que aparecen con la escala” o con situaciones en las que “la escala continúa produciendo retornos mucho más allá de donde el consenso pensaba que lo haría”.

La idea desafía nuestra tendencia a pensar linealmente. Hacemos A. Hacemos B. Mejoramos A y B. Lo esperable sería obtener un A y un B cada vez mejores. Pero a determinada escala puede aparecer C: un resultado que nadie había previsto. Uno más uno termina siendo más que dos.

¿Y si ese principio no fuera exclusivo de la tecnología?

La escala, entendida así, no es solamente tamaño. También puede ser intensidad, calidad, persistencia y acumulación. Algo parecido ocurre con el trabajo y con las organizaciones. Cuando hacemos las cosas con método, responsabilidad, compromiso, optimismo, atención a los detalles y voluntad de ir un poco más allá, cada resultado no termina necesariamente donde lo habíamos planificado. Abre posibilidades. Genera confianza. Revela nuevos problemas. Crea capacidades. Y muchas veces nos coloca frente a oportunidades que no existían cuando empezamos.

Eso exige perseverancia, pero también flexibilidad. Altman agrega una advertencia interesante: cuando convertimos una idea o una convicción en parte de nuestra identidad, se vuelve mucho más difícil abandonarla cuando la evidencia la contradice. Comprometerse profundamente con un objetivo no debería significar enamorarse del camino elegido para alcanzarlo.

Tal vez allí haya también una clave para utilizar bien la inteligencia artificial. Su tendencia a confirmar y potenciar el enfoque que le proponemos puede ser extraordinariamente productiva, pero también puede encerrarnos en nuestras propias ideas. La responsabilidad sigue siendo humana: pedirle que cuestione nuestras hipótesis, busque otros caminos, contraste evidencia y nos obligue a pensar mejor.

La IA, en ese sentido, no necesariamente devalúa el método, la dedicación o el compromiso. Puede hacer exactamente lo contrario. Para obtener resultados realmente buenos hay que formular problemas, aportar contexto, revisar, corregir, verificar, ajustar y volver a empezar. Bien utilizada, no sólo multiplica capacidades: también aumenta la exigencia sobre quien la dirige.

Altman cuenta que el crecimiento inesperado de ChatGPT obligó a OpenAI a reaccionar en cuestión de días. Lo llamó “una buena clase de emergencia”. La expresión me resultó familiar. Hace algunos meses escribí en estas páginas sobre la conveniencia de no desperdiciar una buena crisis. Tal vez haya una vuelta más: algunas crisis no sólo revelan capacidades que teníamos. Nos obligan a desarrollar otras que ni siquiera sabíamos que íbamos a necesitar.

Y eso nos lleva al trabajo.

En Uruguay estamos discutiendo, con creciente intensidad, cuánto tiempo deberíamos trabajar. Es una discusión legítima. Pero quizá deberíamos agregarle otra pregunta: ¿qué trabajo vamos a hacer, cuánto valor producirá cada hora y qué capacidades necesitaremos para hacerlo?

La inteligencia artificial es sólo una parte de una transformación mucho mayor. La automatización y la robotización ya permiten que máquinas y sistemas autónomos realicen tareas físicas e intelectuales que hasta hace poco requerían intervención humana, muchas veces con mayor escala, precisión y productividad. Algunas tareas desaparecerán y aparecerán otras que hoy ni siquiera sabemos nombrar. También las sociedades tienen propiedades emergentes.

Y los cambios no se limitarán al trabajo. Si cambia cuánto y cómo trabajamos, también cambiará la forma en que utilizamos nuestro tiempo: cómo nos relacionamos, qué experiencias buscamos, cómo aprendemos, nos entretenemos y socializamos. Aparecerán nuevas demandas y actividades que hoy ni siquiera imaginamos.

Si la inteligencia se vuelve cada vez más abundante y accesible, otras cosas seguirán siendo escasas: la energía, los alimentos, las materias primas, determinadas experiencias. Y también, probablemente, el criterio, la confianza, la responsabilidad, el liderazgo, el coraje para decidir y la capacidad de distinguir qué vale la pena hacer.

La inteligencia artificial puede multiplicar extraordinariamente nuestra capacidad de hacer. Cuanto mayor sea esa capacidad, más importante será decidir qué hacemos con ella.

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