Revista Corpo

El relato pendiente del empresariado uruguayo

Alejandro Butlerjulio de 2026

La economía real se mueve por un impulso muy humano: la audacia de arriesgar. En Uruguay, el verdadero motor del desarrollo no son las planificaciones estatales, sino esa fuerza silenciosa de empresarios que, desde diversos sectores de actividad, eligen invertir, innovar y construir futuro.

El rol del empresariado va mucho más allá de la legítima búsqueda de rentabilidad; es un ejercicio de responsabilidad social continua. Significa liderar equipos, generar oportunidades de empleo genuinas y sostener estructuras económicas con un nivel de compromiso que desgasta: noches en vela, la presión constante por cumplir con las obligaciones y la gestión de la incertidumbre en un mercado globalizado, exigente y competitivo.

El empresario uruguayo trabaja de sol a sol, consciente de que de sus decisiones depende no solo el destino de su firma, sino el bienestar de decenas o cientos de familias. Esa es la verdadera dimensión de su función social, una realidad que muchas veces pasa desapercibida para el grueso de la opinión pública. O sea, la responsabilidad social puede implicar la gestión de diferentes dimensiones referidas a los recursos humanos, al medio ambiente, al relacionamiento con la comunidad, entre otros temas, pero el más importante es el de producir bienes o servicios de calidad a precios competitivos, con una adecuada rentabilidad. Si no se logra eso, no hay responsabilidad social posible.

Este esfuerzo enorme que hacen las empresas a menudo se encuentra con una cancha inclinada. El peso del Estado y una carga burocrática sobredimensionada siguen operando como un freno de mano para la competitividad. No importa si hablamos de agro, tecnología, servicios o industria; la fricción administrativa es un factor común que drena recursos, tiempo y energía. Trámites redundantes y regulaciones rígidas transforman la legítima fiscalización en un obstáculo para el desarrollo.

Afortunadamente, parece haber señales de sintonía con este reclamo. La reciente iniciativa del Ministerio de Economía de convocar a las cámaras empresariales para presentar propuestas concretas de simplificación burocrática y desregulación es un paso en la dirección correcta. Es el reconocimiento de que el Estado debe dejar de ser un obstáculo y convertirse en un facilitador. El sector privado tiene ahora la oportunidad histórica de volcar su experiencia en el diseño de un entorno normativo más ágil, moderno y amigable con la inversión.

Sin embargo, no debieran ser las empresas quienes agreguen a sus responsabilidades, la de la desregulación. El camino en cambio es que quienes deben gobernar lo hagan con los oídos bien abiertos, y que el sector privado desarrolle un relato claro y contundente sobre sus necesidades.

En este proceso de modernización, el país no puede ignorar las herramientas del presente. La irrupción de la inteligencia artificial ofrece una oportunidad inédita para revolucionar la relación entre el Estado y el privado. En un Uruguay hiperconectado, los procesos de habilitación, permisos y autorizaciones no pueden seguir anclados en dinámicas del siglo pasado.

Hoy en día, la tecnología permite que la presentación de documentación se realice de forma 100% digital y que sistemas avanzados analicen, validen y otorguen permisos en cuestión de minutos, eliminando las semanas o meses de espera que hoy asfixian los proyectos. Automatizar la burocracia no solo reduce costos operativos para el Estado, sino que libera el tiempo de los empresarios para lo que realmente importa: producir y generar valor.

En nuestra sociedad persiste una dificultad histórica para entender y valorar el rol de la empresa. Existe un relato arraigado que mira con desconfianza el éxito y romantiza el estatismo, ignorando que el gasto público solo se sostiene gracias a la riqueza que primero genera el sector privado.

Es aquí donde la comunicación y la visibilidad pública se vuelven urgentes. Los empresarios no pueden seguir siendo actores silenciosos en el debate público. Es imperativo comunicar mejor, mostrar el rostro humano del riesgo y explicar cómo el bienestar general está directamente atado a la salud de las empresas. Si no explicamos el valor de lo que hacemos, otros llenarán ese vacío con prejuicios.

Para que Uruguay dé el salto cualitativo que todos deseamos, se necesita un cambio de paradigma. Urge alivianar la mochila estatal que carga el sector privado y, en paralelo, dar una batalla comunicacional para reposicionar al empresario como el verdadero motor del desarrollo. Gobernar es crear las condiciones para que el privado progrese. Porque cuando a una empresa le va bien, le va bien al país. Es momento de que la sociedad, y el Estado, empiecen a jugar en el mismo equipo.

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